Las rabietas infantiles

Las rabietas infantiles

¿Quién no se ha visto enfrentado alguna vez a una personita que, tras una negativa, se convierte en un tsunami de gritos, lloros y pataleos en el suelo, como si se le hubiera sometido a una descarga eléctrica de gran voltaje?

Las rabietas o pataletas son situaciones normales en el proceso de formación que suelen aparecer hacia los 2-3 años de edad. Son en realidad una situación de descontrol en la que al niño le resulta imposible gestionar la frustración. Sus estructuras cerebrales están aún sin desarrollar y no tiene capacidad para controlar sus emociones. Por eso, nuestra tarea debe ser la de ayudarle a sobrellevar ese momento, a relajarse y a dejarlo atrás.

 

El motivo por el que aparecen las rabietas o pataletas son los sentimientos de frustración y enfado que se producen en los niños pequeños al existir un conflicto entre su dependencia de los adultos y su impulso natural de búsqueda de autonomía: el niño quiere hacer cosas que no puede hacer, como meterse en la boca objetos que no debe, irse donde él quiere, etc. y cuando los adultos se lo impiden utiliza el único modo de expresión del que dispone, ya que aún es muy inmaduro para que pueda expresarse y regular sus emociones a través del lenguaje y el razonamiento.

Lo primero, una vez que entendemos que necesita nuestra ayuda, es pensar en cómo dársela. Tan útil aquí es saber qué no hacer como tener muy claro qué hacer. En el terreno del no resulta esencial no tomarse la rabieta como algo personal y aceptar que no la vamos a vencer nosotros. Tampoco tenemos que intentar calmar al niño agarrándolo o sujetándolo (y mucho menos zarandeándolo, algo en lo que se llega a caer cuando se pierden totalmente los papeles). Hacer esto tiene un efecto contraproducente porque los pataleos y gritos son realmente el mecanismo natural del niño para descargar su tensión emocional, por lo que frenarlos llevará casi con toda seguridad a que la situación se prolongue, justo lo que no buscamos.

 

Debemos evitar también avergonzarlo, comparándolo con otros niños que sí se estén portando bien: “Mira tu amigo qué contento está”, o haciendo referencia a lo que adultos presentes en el momento de la rabieta puedan estar pensando o haciendo: “Huy, ¿qué va a pensar el profe de ti?” o “Mira, esta policía se está riendo de verte tirado en el suelo”. Y, por descontado, debemos recordar que repetirle una y otra vez que se calme tampoco va a tener el efecto deseado.l

Si nos ponemos muy nerviosos o levantamos la voz, aumentaremos su zozobra. Nunca debemos olvidar que estamos tratando con una persona que está en esos momentos muy intranquila.

Por la parte positiva, la del sí hacer, nuestro principal objetivo debe ser mantener la calma (aunque a veces resulte difícil en mitad de una acera atestada de desconocidos o a la salida del cole, bajo la atenta mirada de todo el mundo). Si nos ponemos muy nerviosos o levantamos la voz, aumentaremos su zozobra. Nunca debemos olvidar que estamos tratando con una persona que está en esos momentos muy intranquila. 

Podemos intentar explicarle por qué no podemos ceder a lo que quiere. Normalmente esto causará poco efecto, ya que el problema no es que él no entienda, sino que no puede frenar su frustración. Pero sí puede ser un buen punto de partida el intento de explicación, siempre que lo llevemos a cabo sin olvidar que le estamos hablando a alguien que está desbordado: por eso, cuanta más tranquilidad aportemos nosotros, mejor para los dos; él ya tiene suficientes nervios.

 

Hay quienes defienden la teoría del chantaje, esa que asegura que el niño está chantajeándonos y seguirá enrabietado hasta conseguir lo que quiere. Sin entrar a valorar la teoría en sí, quizá un poco trasnochada, lo que parece bastante más productivo es, aun manteniéndonos firmes en la negativa que originó la rabieta, hacerle saber al niño que seguimos ahí, cerca en lo físico, a una distancia tal que incluso nos pueda tocar. Seguir andando, haciendo como que no ha pasado nada, le puede añadir a su rabieta un plus de inseguridad que va a retrasar la llegada de la calma.

 

Para concluir, es bueno tener siempre presente que el problema de la rabieta es del niño; la solución también debe ser suya. Nuestra mayor ayuda va a ser, sin ninguna duda, aportar tranquilidad al proceso.

Y, como colofón, un dato real: los niños bien descansados y bien alimentados enfrentan mejor las rabietas.  

 

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